Extractada de la Crónica
del Comandante de los Milicianos D. Manuel Olarte
Caballero, en 1.834
 En la
madrugada del 21 Octubre de 1.834, cuarenta urbanos de la
villa de Cenicero se opusieron a Zumalacárregui, que con
cuatro batallones y tres escuadrones había cruzado el
vado de Tronconegro -en el río ebro- y se dirigía a
perseguir un convoy que escoltaba el brigadier Amor, con
pequeña fuerza, en dirección a Logroño; y teniendo que
buscar un rodeo, que entorpeció su marcha, dejó en la
villa tres batallones con orden de infligirles un fuerte
castigo. Una tapia de corral, hecha alrededor de la
puerta de la iglesia, con algunos agujeros por troneras,
y el campanario abierto eran su defensa.
Con pocas municiones, pero mucho entusiasmo, despreciaron
dos intimidaciones verbales para rendirlos. Los carlistas
reclamaron de su casa a doña Benita Hernáez, que tenía
sus dos hijos en el rudimentario fortín. La obligaron a
que con el señor cura párroco se acercara a la iglesia
y pidiera la rendición, pero con gran valor dijo a sus
hijos y a los demás defensores: 'Hijos míos: me obligan
a que os diga que entregueis las armas, pero yo os
aconsejo que os defendais hasta el último aliento; y si
me traen por delante con vuestras hermanas, matadnos
antes que rendiros'. Los hijos conmovidos salieron
precipitadamente y obligaron a su madre a encerrarse con
ellos. Volvió el señor cura hacia los carlistas con la
relación de lo acaecido, y esta fue la señal de alarma.
Serían las once de la mañana cuando comenzaron a hacer
fuego desde todos los ángulos, contestando con gran
serenidad y buena dirección los urbanos. Zumalacárregui,
de vuelta de su expedición quiso acabar pronto con los
defensores y ya anochecido tomo el fortín, obligando a
los urbanos a encerrarse en la iglesia donde habían
formado otro parapeto. Atacaron con mucho ímpetu, pero
los valientes cenicerenses, disparando sin cesar,
lograron rechazarlos. Mientras tanto unos sostenían con
valor el primer rebellín, habían construido otro en la
puerta de la torre con las losas del pavimento y se habían
abierto en los techos de la iglesia una porción de
troneras.
Viendo los atacantes que no sacaban gran ventaja
determinaron reducirlos por las llamas y arrimaron al
efecto gran cantidad de leña y, para hacer mas sensibles
los efectos del fuego, echaron en él cuanto pimiento
molido y sin moler había en el pueblo. Cansados los
carlistas de la lentitud del fuego quisieron hacer con
las armas el último esfuerzo; derribaron la puerta
trasera de la iglesia, pero el mismo fuego les impidió
penetrar con comodidad. Largo rato duro este combate, tirándose
los unos a los otros a quemarropa. Los disparos desde la
bóveda eran muy efectivos, haciendo ceder el ímpetu de
los atacantes. Convencido Zumalacárregui de que sus
soldados habían caído de desaliento, mando avivar el
fuego, propagándose las llamas al órgano y altares.
Cerradas la puertas de la torre impedían un tanto la
entrada de humo y calor, ocupando las escaleras de piedra.
En este estado llegaron las once del día 22, rendidos de
fatiga tras 26 horas de pelea y sin más alimento que un
poco de pan.
Todo parecía indicar que serían pasto de las llamas,
pero saliendo de repente un aire castellano, inclinó las
llamas a la parte opuesta de la torre, circunstancia a la
que fue debida su salvación. Entonces las cornetas y
tambores de los navarros tocaron llamada y se fueron
hacia Tronco negro. Todas las familias creían muertos a
los valientes defensores y, cuando salieron a la calle,
el cura y demás vecinos corrieron a abrazarlos. Mas de
60 fueron las bajas de los carlistas y por feliz
casualidad ningún muerto entre los urbanos; sólo tres
heridos, uno de gravedad, aunque los rasguños y balazos
de rechazo eran infinitos. Heroica defensa la que
protagonizaron nuestros valientes urbanos. El mismo
Zumalacárregui ponderó el valor encontrado en Cenicero,
y cuentan que exclamó: 'Bien merecen estos valientes ser
premiados. Si cosa mia fuera, no echaría en olvido su
heroicidad'. La propia reina Isabel II premió a los
urbanos que con tanto valor defendieron su causa.
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